De siete
años.
Por Fabiola Guerrero Ojeda.
En
las últimas semanas he vivido la enfermedad de una persona cercana a mi vida,
dicha situación me ha hecho recordar, volver a vivir pero sobre todo valorar lo
que en su momento mi madre hizo por mí.
No
tengo todos los detalles tan claros de
esa experiencia pero si momento muy grabados, episodios bastante vivos y la
conciencia de lo que eso me dejó.
Unos
días después de un día de campo con unas amistades de mi mamá, recuerdo tener
un dolor singular en el estomago, mucho cansancio, sueño, dolor de cabeza, no
recuerdo con qué frecuencia me enfermaba en esa época, pensé que era algo
pasajero y decidí no decirle nada a mi
mamá, para no preocuparla más.
Su realidad no era nada favorable, al estar
sola haciéndola de padre y madre en todos los aspectos, me daba cuenta de todos
sus sacrificios, las diferentes actividades que tenía que hacer para poder
solventar los problemas cotidianos, entre ellos el económico.
Los
días pasaron y por supuesto los malestares aumentaron; mi mamá con frecuencia,
cada 15 días viajaba de Arriaga, Chiapas al D.F para vender comida y cosas
típicas de Chiapas y a su vez vender “encargos” que le hacían de artículos que
no se encontraban en el pueblo.
Sus
viajes eran de fin de semana, nada más y nos iba alternando, a veces la
acompañaba Gerardo, a veces Juan y a veces yo, por fortuna en ese viaje me toco
a mí.
Toda
una noche me la pase evacuando mi intestino y con mucho dolor estomacal, dentro
de mi inocencia no sabía la gravedad de lo que tenía simplemente esperaba a que
esos malestares pasaran, pero mi mamá esa noche se dio cuenta, realmente me la
pasaba más en el baño que en la cama.
Y
me preguntó qué tienes:
-Mami
llevo varios días sintiéndome mal pero hoy me di cuenta que al ir al baño ya
hago pura sangre.
Ella
se preocupó y me dijo ¿por qué no me lo habías dicho?
-para
no darte más preocupaciones de las que ya tienes.
Al
otro día me llevo al médico y el diagnóstico fue amibas, me dieron tratamiento
pero no hubo mejoría, al contrario.
Regresamos
al médico por supuesto por el tiempo que había pasado, mi salud estaba bastante
deteriorada, al grado que ya no podía caminar, el médico le dijo a mi mamá: tu
hija está muy mal, tienes que internarla, es urgente.
Lo
que yo sabía, en mi madre no sólo apareció la preocupación de mi estado de
salud, también la preocupación de lo económico.
El
médico quien era pariente, le dijo Malvina lleva a tu hija al Hospital Infantil
de México, ahí pagarás menos, te harán un estudio socioeconómico y pagarás de acuerdo a tus posibilidades, el
problema es que no es fácil entrar.
Dios
es tan grande que se hizo presente en esa amarga situación de salud, de muchas
formas y nunca me soltó de su mano; casualmente un paisano de Arriaga, estaba
haciendo su internado en ese hospital, y él logró que me aceptaran.
Por
la edad que tenía mis recuerdos son
escuetos, pero si tengo presente que al llegar al hospital no podía caminar,
que mi mamá, sola, hizo todos los trámites, que ella sola resolvió el problema,
para conseguir mi ingreso al hospital.
Indudablemente
el diagnóstico de médico no había sido errado, pero al pasar el tiempo una
simple infección por amibas, ya se había convertido en Amibiacis Aguda. Muchos
detalles escapan a mi memoria, pero dentro de lo que recuerdo es haber estado
mucho tiempo en un lugar sola y que mi mamá solo me podía ver por ratitos, que
no había nadie, niños o niñas cerca de mí, más que enfermeras y médicos, tener
sueros, sacarme estudios a cada rato, no poder comer como lo hacía
habitualmente.
No
veía a mis hermanos, a mi familia, no iba a la escuela, no veía a mis amigas,
no estaba en Arriaga, con mis cosas, en
mi casa, al contrario me encontraba en un lugar frio, desconocido, con
personas completamente ajenas a mí, muy poca gente me podía visitar porque
estaba en un lugar especial y ni a mi mamá podía verla frente a frente, sólo a
través de un cristal, con cubre bocas, gorro y todo lo que los médicos usan
cuando operan.
Es
más no podía hablar con ella, todo era por señas y por ratitos, no recuerdo con
exactitud el dolor físico que pude haber sentido por estar enferma, que imagino
fue mucho.
Lo
que si nunca he podido olvidar es ver a mi madre, sola, vigilando por mí,
preocupada, sin que nadie, pudiera ni si quiera quedarse un rato para hacer
guardia, ella sola enfrentó todo, los días pasaban, las noches eran eternas, a
veces se quedaba a dormir en el hospital, por supuesto en una silla, o tras
veces, me imagino cuando el cansancio la vencía se iba a dormir a otro lado.
A
mis siete años, supe y viví en carne propia el dolor en el alma de una
enfermedad, la angustia de no saber si estarás bien o no, luchar por la vida,
dentro de un contexto completamente adverso.
Y
con el tiempo sólo puedo decir que este episodio de mi vida como tantos otros,
me han hecho ser una mujer agradecida, solidaria, entregada, más humana,
desprendida ante el dolor ajeno, ante el sufrimiento del prójimo y más cuando
se trata de un amig@.
No
es fácil vencer la batalla pero el hecho de seguir en la guerra es un gran
triunfo…
Septiembre 2012.