lunes, 15 de octubre de 2012


De siete años.
 
Por Fabiola Guerrero Ojeda.
 
En las últimas semanas he vivido la enfermedad de una persona cercana a mi vida, dicha situación me ha hecho recordar, volver a vivir pero sobre todo valorar lo que en su momento mi madre hizo por mí.

No tengo todos los detalles tan claros  de esa experiencia pero si momento muy grabados, episodios bastante vivos y la conciencia de lo que eso me dejó.

Unos días después de un día de campo con unas amistades de mi mamá, recuerdo tener un dolor singular en el estomago, mucho cansancio, sueño, dolor de cabeza, no recuerdo con qué frecuencia me enfermaba en esa época, pensé que era algo pasajero  y decidí no decirle nada a mi mamá, para no preocuparla más.

 Su realidad no era nada favorable, al estar sola haciéndola de padre y madre en todos los aspectos, me daba cuenta de todos sus sacrificios, las diferentes actividades que tenía que hacer para poder solventar los problemas cotidianos, entre ellos el económico.

Los días pasaron y por supuesto los malestares aumentaron; mi mamá con frecuencia, cada 15 días viajaba de Arriaga, Chiapas al D.F para vender comida y cosas típicas de Chiapas y a su vez vender “encargos” que le hacían de artículos que no se encontraban en el pueblo.

Sus viajes eran de fin de semana, nada más y nos iba alternando, a veces la acompañaba Gerardo, a veces Juan y a veces yo, por fortuna en ese viaje me toco a mí.

Toda una noche me la pase evacuando mi intestino y con mucho dolor estomacal, dentro de mi inocencia no sabía la gravedad de lo que tenía simplemente esperaba a que esos malestares pasaran, pero mi mamá esa noche se dio cuenta, realmente me la pasaba más en el baño que en la cama.

Y me preguntó qué tienes:

-Mami llevo varios días sintiéndome mal pero hoy me di cuenta que al ir al baño ya hago pura sangre.

Ella se preocupó y me dijo ¿por qué no me lo habías dicho?

-para no darte más preocupaciones de las que ya tienes.

Al otro día me llevo al médico y el diagnóstico fue amibas, me dieron tratamiento pero no hubo mejoría, al contrario.

Regresamos al médico por supuesto por el tiempo que había pasado, mi salud estaba bastante deteriorada, al grado que ya no podía caminar, el médico le dijo a mi mamá: tu hija está muy mal, tienes que internarla, es urgente.

Lo que yo sabía, en mi madre no sólo apareció la preocupación de mi estado de salud, también la preocupación de lo económico.

El médico quien era pariente, le dijo Malvina lleva a tu hija al Hospital Infantil de México, ahí pagarás menos, te harán un estudio socioeconómico  y pagarás de acuerdo a tus posibilidades, el problema es que no es fácil entrar.

Dios es tan grande que se hizo presente en esa amarga situación de salud, de muchas formas y nunca me soltó de su mano; casualmente un paisano de Arriaga, estaba haciendo su internado en ese hospital, y él logró que me aceptaran.

Por la edad que tenía  mis recuerdos son escuetos, pero si tengo presente que al llegar al hospital no podía caminar, que mi mamá, sola, hizo todos los trámites, que ella sola resolvió el problema, para conseguir mi ingreso al hospital.

Indudablemente el diagnóstico de médico no había sido errado, pero al pasar el tiempo una simple infección por amibas, ya se había convertido en Amibiacis Aguda. Muchos detalles escapan a mi memoria, pero dentro de lo que recuerdo es haber estado mucho tiempo en un lugar sola y que mi mamá solo me podía ver por ratitos, que no había nadie, niños o niñas cerca de mí, más que enfermeras y médicos, tener sueros, sacarme estudios a cada rato, no poder comer como lo hacía habitualmente.

No veía a mis hermanos, a mi familia, no iba a la escuela, no veía a mis amigas, no estaba en Arriaga, con mis cosas, en  mi casa, al contrario me encontraba en un lugar frio, desconocido, con personas completamente ajenas a mí, muy poca gente me podía visitar porque estaba en un lugar especial y ni a mi mamá podía verla frente a frente, sólo a través de un cristal, con cubre bocas, gorro y todo lo que los médicos usan cuando operan.

Es más no podía hablar con ella, todo era por señas y por ratitos, no recuerdo con exactitud el dolor físico que pude haber sentido por estar enferma, que imagino fue mucho.

Lo que si nunca he podido olvidar es ver a mi madre, sola, vigilando por mí, preocupada, sin que nadie, pudiera ni si quiera quedarse un rato para hacer guardia, ella sola enfrentó todo, los días pasaban, las noches eran eternas, a veces se quedaba a dormir en el hospital, por supuesto en una silla, o tras veces, me imagino cuando el cansancio la vencía se iba a dormir a otro lado.

A mis siete años, supe y viví en carne propia el dolor en el alma de una enfermedad, la angustia de no saber si estarás bien o no, luchar por la vida, dentro de un contexto completamente adverso.

Y con el tiempo sólo puedo decir que este episodio de mi vida como tantos otros, me han hecho ser una mujer agradecida, solidaria, entregada, más humana, desprendida ante el dolor ajeno, ante el sufrimiento del prójimo y más cuando se trata de un amig@.

No es fácil vencer la batalla pero el hecho de seguir en la guerra es un gran triunfo…
Septiembre 2012.
 

2 comentarios:

  1. Fabiola.

    He seguido de cerca tu entusiasmo por Aldonza, ahora entiendo mas el porque de ello. Increíble como detalles de nuestras vidas tocan fibras especificas y muy profundas del alma que nos hacen actuar sin limites.

    Adelante con tu trabajo!

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    1. Hola y saludos hasta tierras libanesas...Ivonne GRACIAS MUCHAS GRACIAS por tus palabras...te mando un abrazo!

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